Los ‘panistas’ que fallaron

EL ZANCUDO de Arturo Soto Munguia

Hermosillo, Sonora.- Hoy a eso de las tres de la tarde, Claudia Pavlovich estará recibiendo su constancia de mayoría como gobernadora electa.

El resultado fue aplastante y al término del conteo podría lindar los 80 mil votos de diferencia sobre el candidato del PAN, Javier Gándara Magaña, que prefirió mantenerse en las penumbras todos estos días, dejando en manos de sus ‘operadores’ el manejo poselectoral y validando con su silencio recursos como el plantón que un puñado de señoras tan asoleadas como engañadas mantienen a las afueras del Instituto Estatal Electoral.

Al momento del cierre de esta columna y faltando menos del 15 por ciento de las actas por computar, Claudia Pavlovich superaba a Javier Gándara por 64 mil 800 votos, y faltaban por contabilizar las actas de algunos distritos del sur del estado, donde el PRI levantó notablemente su votación.

A esas horas, también llegaban reportes de que el plantón de panistas se estaba quedando solo.

Frente a ese escenario, sólo queda el ejercicio de reflexión entre los principales protagonistas de esta trama: interpretar el mensaje de las urnas y actuar en consecuencia.

Para ambas partes, la tarea es complicada. Para los priistas que se alzaron con la victoria, les queda la obligación de integrar un gabinete profesional, experimentado y con un plan de gobierno muy bien trazado; recomponer el tejido social, roto después de seis años de confrontación y agravios, pero sobre todo, rendir cuentas claras sobre el estado en que recibirán la administración del gobierno saliente y llamar a cuentas a los responsables de los evidentes desfalcos financieros.

Porque la gente no sólo voto contra la corrupción, sino también contra la impunidad. Y el camino más corto para erosionar el consenso social que llevó a Claudia Pavlovich al poder, es dejar que los responsables se vayan con los bolsillos llenos, dejando al estado en quiebra.

Para los panistas el proceso será aún más complicado. Tendría que convencer a los causantes de su tragedia, ese pequeño grupo de bandoleros que se apropiaron de las siglas blanquiazules para convertir el partido en lo más parecido a una organización del crimen organizado, de que la primera etapa del duelo -la negación-, debe ser superada.

Porque varios de ellos se encuentran todavía en un estado catatónico en el que no aceptan la derrota y buscan culpables y traidores en todos lados, menos en el espejo, donde los hallarían sin mayores dificultades.

La negación y el aislamiento es la primera etapa del duelo. A eso le sigue la ira, el encabronamiento y la búsqueda de los ‘por qué’, algo que también sería muy sencillo de encontrar tan sólo con revisar con un mínimo de autocrítica el desaseo, el agandalle y la soberbia con que gobernaron.

Luego sigue una etapa depresiva en la que suelen aparecer tendencias suicidas, como las de una que otra rata que quiso saltar del barco desde el mismo domingo por la tarde, pero que fueron jaladas de la cola para que aguantaran candela, porque tampoco se trata de hincharse la panza con lujos y excesos mientras estuvieron en el poder, y emprender la graciosa huida cuando éste se acaba.

No mencionaré al Montejano y al Vinko porque corro el riesgo de dejar fuera a muchos otros que se pueden sentir.

Ya después viene la aceptación, una etapa en la que poco a poco tendrán que ir entrando la mayoría de los panistas, para evaluar con serenidad lo que sucedió, y replantearse caminos para seguir la multicitada brega de eternidad de la que hablaban los padres fundadores del partido, pero que el padrecismo confundió con bragas de calidad, algo muy distinto.

Lo que es un hecho es que tendrán que ser muy críticos a la hora de aceptar lo que no funcionó. Y fueron muchas cosas, pero aquí citaremos sólo unas de ellas.

La Comunicación Social y la Imagen Institucional del gobierno del estado fueron un fracaso total en sus funciones, aunque un éxito financiero escandaloso para sus titulares, Jorge Morales Borbón y Javier Alcaraz Ortega, un par de sujetos que en 2009 andaban más piojos que un pascola, y que hoy se dan vida de millonarios.

Ocupados en el atraco y la rapiña, se olvidaron de comunicar y orientaron las políticas de esas áreas a la difamación, la calumnia, el insulto, la exclusión, el agandalle. Las redes sociales, herramientas valiosísimas para su trabajo, fueron utilizadas para el denuesto cualquiera que tuviera una visión crítica hacia el gobierno.

Hasta unas semanas antes de la elección, Jorge Morales presumía en conversación con conocido comunicador, que algunos periodistas -entre los que contaba a este modesto escribidor-, habíamos mantenido durante todo el sexenio una línea crítica, que no había servido de nada. Que nada habíamos logrado, decía.

Ignoro qué tanto pesó la permanente documentación del bandidaje gubernamental en estos espacios, pero a estas alturas creo que de algo habrá servido informar a la sociedad desde trincheras no controladas.

El aislamiento del gobernador en un reducido grupo en el que destacan su secretario particular Agustín Rodríguez; el secretario de Gobierno, Roberto Romero López; los mismos Morales y Alcaraz y no más de cuatro o cinco amigos y un bufón como Vicente Sagrestano, cuyo trabajo principal era contarle chistes y hacer reír al gobernador, provocó la pérdida total de contacto con la realidad.

El abucheo al gobernador durante las Fiestas del Pitic 2013, cuando Padrés retó al público a que lo abuchearan más fuerte, ya indicaba que el gobernador habitaba el universo paralelo que este grupito de ‘amigos’ le relataba en privado.

Después de eso, Padrés jamás volvió a aparecer en público, salvo que fuera en escenarios controlados por su aparato de seguridad. El gobernador sólo oía la voz de sus jilgueros que le cantaban al oído: “vamos bien, vamos muy bien” y otras melodías.

Sin duda otro error garrafal es haber endosado al candidato a la gubernatura, Javier Gándara, todo ese equipo de ‘operadores’, ‘estrategas’, ‘genios de las redes’ y demás, para que llevaran las riendas de una campaña paralela planeada y dirigida desde las oficinas gubernamentales, y de la cual el candidato nunca tomó distancia.

Al endosarle a estos bandoleros como mariscales de campo de la campaña gandarista, le echaron encima al candidato todas las antipatías y rencores que a lo largo de seis años fueron creando y alimentando. Al final, la carga resultó demasiado pesada y el resultado está a la vista.

Con todo el aparato estatal operando a su favor, Javier Gándara fue derrotado estrepitosamente, incluso en municipios y distritos donde los candidatos del PAN se alzaron con el triunfo.

Los causantes de esta debacle panista en Sonora no sólo habrán de enfrentar el juicio de la historia, sino, eventualmente, el de los tribunales administrativos y penales, pero también el de los propios panistas, no los advenedizos y militantes de la nómina, sino de los panistas-panistas, que hoy también los están llamando a cuentas.

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